Mamá, mamá, ya no quiero ser mayor…
Para despedirme de este blog he decidido hablar sobre el paso del tiempo.
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| Imagen creada con ChatGPT |
Cuando somos niños todo lo vemos de otra manera. ¿Cuántos de nosotros hemos repetido que queríamos crecer ya de ya y ahora solo queremos volver a ser unos niños?
Ahora que estoy estudiando Magisterio me he dado cuenta de que mi perspectiva sobre la escuela y la educación ha cambiado drásticamente. Sobre todo ahora que estoy en la carrera veo la educación como leyes, didácticas, teorías, psicología…. Pero cuando éramos niños nuestra visión era completamente diferente, aprendíamos jugando.
En la infancia el aprendizaje era algo divertido, natural, creativo y emocional. Desde dejar nuestra mano marcada en la pared hasta recortar y pegar papeles, rellenar las fichas de lectura después de leer un cuento, cantar en los festivales, participar sin pensar en si mi respuesta estaría bien o no… aprender era jugar, describir y preguntar sin vergüenza.
Pero en algún momento el hacernos adolescentes no es solo significaba entrar al instituto y ser los mayores del cole, sino pasar a tener ese miedo del qué dirán, buscar la aceptación social, sentir la presión por hacerlo todo perfecto…. ¿En qué momento pasamos de ser tan divertidos a volvernos todos unos aburridos? El caso es que no nos volvemos aburridos de manera literal, sino que el hecho de crecer implica tener que asumir nuevas responsabilidades, pero eso muchas veces nos hace perder espontaneidad, creatividad y tranquilidad en la forma de aprender y esa diversión que teníamos en la infancia se transforma en miedo. Miedo a equivocarme, miedo a fallar, miedo a suspender, miedo a no pasar, miedo a no entrar. Poco a poco comenzamos a actuar como se espera de nosotros. Y esto no es algo que nos pase a los adolescentes por arte de magia, sino que la escuela influye directamente en este disciplinamiento de la persona (ya lo sostenían filósofos como Foucault). En el artículo La creatividad en el contexto educativo: adiestrando capacidades (Referencia: García, J. (2021). La creatividad en el contexto educativo, adiestrando capacidades. ResearchGate.) se puede ver cómo el sistema educativo tradicional muchas veces prioriza la memorización mecánica, las respuestas correctas y los resultados académicos por encima del aprendizaje significativo, la creatividad y la imaginación del alumnado. La creatividad no es una capacidad exclusiva de algunas personas, sino una habilidad que puede desarrollarse si se concede libertad y se generan espacios adecuados para ello. El problema está en que muchas veces la escuela limita esa creatividad y la deja en un segundo plano. Además, conforme crecemos, el aprendizaje se vuelve más rígido y teórico y menos ligado al juego o a la curiosidad, lo que puede provocar bloqueos creativos. Esta está íntimamente relacionada con cómo muchos adolescentes dejan de hacer x cosas por miedo a no encajar. Por ello, es imprescindible modernizar el enfoque educativo hacia metodologías más activas donde el alumnado pueda experimentar, equivocarse, expresarse libremente sin miedo al error y aprender (Constructivismo, Piaget). Necesitamos impulsar una educación que no solo se preocupe por los resultados académicos y la perfección, sino que también cuide la creatividad y la motivación del alumnado, valorando la forma en la que cada estudiante vive el aprendizaje.
La educación también debería ayudarnos a conservar esa parte nuestra que todavía quiere descubrir el mundo sin miedo a equivocarse, porque quizá crecer no debería significar dejar atrás la curiosidad con la que aprendíamos de pequeños. Y quizá por eso la infancia nos da tanta nostalgia; no porque todo fuese perfecto, sino porque había una libertad que muchas veces perdemos al crecer. La libertad de equivocarnos sin sentir vergüenza, de hacer amigos sin pensar demasiado, de enseñar un dibujo aunque estuviera mal hecho o de levantar la mano en clase sin miedo a fallar delante de todos.
Con el tiempo dejamos de hacer muchas cosas no porque ya no nos gusten, sino porque sentimos que “ya no toca”. Dejamos de dibujar, de jugar, de inventar historias o de emocionarnos por pequeñas cosas porque crecer parece implicar volverse más serio, más productivo y más correcto. Poco a poco empezamos a preocuparnos más por encajar que por disfrutar.
Y a lo mejor por eso muchos adolescentes viven tan desconectados de sí mismos. Porque están en una etapa en la que constantemente sienten que tienen que decidir quiénes son, qué quieren hacer con su vida o cómo deben comportarse. Y en medio de toda esa presión, muchas veces se pierde algo esencial: la capacidad de disfrutar aprendiendo.
A veces echo de menos a la niña que no le daba vergüenza exponer en clase, que participaba sin pensar demasiado y que veía el aprendizaje como algo emocionante. Y parece mentira que esto lo esté diciendo yo, una futura maestra, pero precisamente por eso quiero dedicarme a la educación, porque me gustaría que ningún niño creciera sintiendo que aprender tiene que convertirse en una fuente constante de presión o inseguridad.


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